Este es una especie de humilde homenaje de un lector
apasionado que intenta no ser prejuicioso.
La segunda mitad del siglo XX, nos dio un mundo bipolar,
misterioso y crecientemente violento. En ese marco floreció una literatura muy
particular, muy consumida, muy “stablishment”: los libros de espías.
Desde el “british dandy” que da título a este artículo, hijo
de Ian Fleming, hasta el asesino hiperprofesional y amnésico que quedará para
siempre en nuestras memorias de devoradores de aventuras con el nombre de Jason
Bourne y la cara de Matt Damon (pero que no muchos saben que es criatura dilecta
de Robert Ludlum, otro maestro fundacional del género), pasando por los Jack
Ryan, los Dirk Pitt, y tantos otros nombres de una única historia, estos
personajes han poblado una mitología que quizás poco tenga que ver con la
realidad, o peor aún, que describe una realidad que es entre fantástica y
terrible, un mundo paralelo que nos es ajeno. Y que sin dudas preferimos que
siga siéndolo, porque de seguro es más áspero, menos romántico y mucho más
cruel de lo que se nos muestra.
Gracias a estos personajes y estos autores, cuyos orígenes
personales quizás poco tengan de misteriosos, pero que muchos lectores
imaginamos cercanos o directamente parte de ese mundo oculto, violento,
múltiple y secreto como matrioshkas sangrientas, muchos supimos de la
existencia de la “Cheka”, del “KGB”, de la “Compañía”, del “Mossad”, de los “MI”.
Muchos recorrimos lugares imprecisos y fascinantes, viajando desde Langley
(Virginia), hasta la Lubianka en Siberia, pasando por La Valetta, o El Cairo, o
Praga, o Sudán, o Liberia, o Hong Kong, o Río, o Buenos Aires… porque a la
sombra de cada rincón del mundo crecieron estos personajes. O quizás ellos son
esa sombra.
Y a mi mesa de luz llegaron Hombre el Llamas (Man in fire) y Falso profeta (The Mahdi). Dos historias típicas del género, pero
que tienen una particularidad: en ellas no hay héroes. En “Hombre el llamas”
(si, la que da andamiaje a la película de Denzel Washington y Dakota Fanning)
el personaje es menos amable incluso que el Creasey de Denzel. Es en realidad,
entre otras cosas, un soldado de la Legión Extranjera Francesa, una especie de
traidor, un mercenario sin bandera ni moral, un profesional de la muerte por
costumbre y por dinero, desmoronado, brutal y preciso como un reloj suizo. Nada
más. Nada menos. Un hombre cuyo único contacto con el amor, es matar por
venganza, ejercer una torcida justicia que se mueve por esos caminos ajenos a
la ley que rigen este mundo paralelo. El amor verdadero, que también se cuenta
(eran los 80, había que fabricar esperanza) es apenas decorativo.
En la otra, en “Falso profeta”, hay una idea descabellada,
un enorme desprecio por la naturaleza humana, y una serie de personajes que no
son héroes. Son estafadores profesionales, con armas y lealtades por elección.
Capaces de matar si conviene, y morir si no hay más remedio. Y a diferencia del
legionario Creasey, para éstos, el amor también es una herramienta para
manipular la realidad y romper hombres y mujeres. Esos hombres, escriben la Historia.
Por todo esto me gustaron las dos novelas de Quinnell, y me
dio por compartirlas con ustedes. Porque es reivindicar una literatura que se
conoció como eminentemente comercial, para vender masivamente como libros de
bolsillo, aún en traducciones mediocres, pero que a la luz de los años, también
tiene algo de testimonio histórico, de una forma menor de la crónica
(recordemos, Quinnell es en realidad el periodista Nicholson).
Aún cuando no sean consumidores de estos “best seller” de
viaje o de bolsillo, les recomiendo “Hombre en llamas” y “Falso profeta”,
porque no solo son fáciles de leer, son también difíciles de digerir, que en un
libro de aventuras, no es poca cosa. Bien por Nicholson, que en paz descanse al
fresco milenario del viento del Mediterráneo.